La crisis sanitaria, económica y social provocada por la pandemia de COVID-19 está teniendo consecuencias a nivel mundial. No todas son necesariamente negativas, sino que algunas son bastante curiosas, y son el resultado lógico del descenso de la actividad humana en el planeta Tierra. Una de las más comentadas ha sido el descenso del CO2 a nivel planetario; China fue uno de los países en notar esta bajada, que alcanzó reducciones de un 25 %.

Ahora, la revista Nature ha publicado las conclusiones de un equipo de sismólos del centro Royal Observatory, en Bruselas, Bélgica, quienes han observado un notable descenso de los movimientos sísmicos de la Tierra de aproximadamente un tercio respecto al nivel de ‘ruido sísmico’ que se produce habitualmente por estas fechas. El ruido sísmico se define como las vibraciones de la corteza del planeta.

Los eventos naturales, como la actividad interna del planeta, provocan que la corteza terrestre se mueva, provocando esta serie de ‘‘zumbidos’, que pueden captar los sismólogos. Pero también la actividad humana, como vehículos en movimiento o la maquinaria industrial, provoca ruido sísmico. Los científicos creen que esta disminución de la actividad sísmica del planeta es consecuencia del descenso de actividad humana como parte de las medidas de contención de la propagación del COVID-19.

Según Thomas Lecocq, sismólogo del Royal Observatory de Bélgica, un descenso de esta magnitud solo se observa, momentáneamente, durante un corto periodo cercano a la Navidad.

Como se puede observar en el gráfico superior, con datos del instrumento de medición, la bajada del ruido sísmico en Bélgica coincide con el inicio de la aplicación de medidas de contención, como el cierre de escuelas, restaurantes y otros lugares públicos a partir del 14 de marzo; y la prohibición de todos los viajes no esenciales a partir del 18 de marzo.

Se agudizan los oídos para escuchar a la Tierra
La caída actual del ruido sísmico que, como decimos, es una consecuencia lógica del fenómeno de la crisis del coronavirus, ha aumentado, a su vez, la sensibilidad del equipo del observatorio, mejorando su capacidad de detectar ondas en el mismo rango de alta frecuencia que el ruido.

El sismómetro de superficie de la instalación belga ahora es casi tan sensible a pequeños terremotos y explosiones de canteras como un detector homólogo enterrado en un pozo a 100 metros de profundidad; un evento notablemente curioso.

Aunque esta apreciación ha tenido lugar en el observatorio belga, es previsible que este evento esté ocurriendo en todos aquellos lugares del mundo que hayan adoptado medidas similares. Celeste Labedz, una estudiante graduada en geofísica en el Instituto de Tecnología de California en Pasadena, tuiteó que una estación en Los Ángeles había detectado una bajada similar en el ruido: «La caída es realmente salvaje».